31'  -  EL MERIDIANO MÁGICO DE LAS ARDENAS.   Primera jornada     


3. NAMUR. Lo que la verdad esconde (I)



Namur va a ser la mayor de las ciudades que te vas a encontrar en tu camino. Y en ella vas a aprender que la verdad no siempre es lo que parece. Namur es como un cuadro cubista. No hay una única imagen que pueda representarla. Cuando crees que la conoces descubres que la verdad tiene siempre una segunda lectura. Y al final, sólo empiezas a entenderla cuando eres capaz de mirarla desde varios lados al mismo tiempo. Desde afuera y desde dentro, desde arriba y desde abajo... desde  lo que cuenta y desde lo que esconde... 

Una buena forma de empezar a desvelarla es observándola desde fuera. Desde la otra orilla del Mosa, el río, la ciudadela en lo alto, la ciudad apretada a sus pies... 

Pues sí... y no... Porque a decir verdad todavía no estás viendo realmente Namur. La ciudad en sí se esconde detrás de los riscos de la ciudadela, a orillas de otro río mucho más íntimo, el Sambre, que pegado a su espalda, recorre sus últimos metros vida antes de lanzarse en el Mosa justo delante de ti...

Sin embargo, esta vista es pura verdad... aunque sea una parte de la verdad... Porque si algo caracteriza a Namur es su ciudadela. Y durante siglos ésta ha sido siempre la primera imagen de la ciudad. 



Durante miles de años, Namur ha sido un cruce de caminos. Y tal vez por ello, es también el lugar en el que se unen dos de las principales rutas del Camino de Santiago: a tu derecha, río abajo, la Via Mosana, que viene por el Mosa desde Colonia en Alemania, y a tu izquierda, río arriba, la Via Monastica, que continúa hacia el Sur, hacia Reims, en Francia, camino de Compostela. Dos mil doscientos kilómetros te separan desde aquí de la Plaza del Obradoiro...


Tierras de Frontera 

Namur ha sido siempre una frontera. El río marcaba la frontera entre el Principado de Lieja (la orilla en la que estás) y el Condado de Namur (la orilla que tienes enfrente). Por aquí han pasado comerciantes, peregrinos, viajeros, ejércitos... Sí, los más poderosos ejércitos de cada época...

Por eso, en lo más alto, se alza la ciudadela. La ciudadela de Namur guarda una de esas inexplicables contradicciones que depara la Historia. Es una de las mayores fortalezas de Europa, impresionante en lo alto de un risco inexpugnable, atravesada por un auténtico laberinto de túneles secretos. Pero eso no ha impedido que haya sido conquistada casi por todos los que lo intentaron: los franceses, los austriacos, los españoles, los alemanas, los holandeses... 

El Rey Sol Luis XIV, el emperador Carlos V, el rey de España Felipe II, Napoléon o Hitler fueron en algún momento dueños de ella... Sin embargo, eso, lejos de debilitarla, la hacía más fuerte. Cada uno que la conquistaba se maravillaba de ella, la hacía más inexpugnable... hasta la llegada del próximo... En un extraño y eterno renacer...

Más adelante subirás a lo más alto. Pero ahora toca atravesar la frontera, cruzar un puente -o dos- y entrar en lo que un día fue el origen de la ciudad de Namur. 


Ahí donde se juntan los caminos...

Ahí, a los pies de la ciudadela, llegas al lugar mismo en el que el Sambre se une con el Mosa. Se llama Le Grognon. Casi como la proa de un navío, a veces no sabes si son las aguas las que corren o tú el que navegas por ellas...



Le Grognon de hoy parece una especie de tierra de nadie, unas explanadas más o menos vacías. Pero sin embargo guardan los secretos del origen de la ciudad.

En tiempos de los romanos, hace unos 2.000 años, aquí nació la primitiva Namur. Y aquí de alguna forma consiguió sobrevivir... hasta hace nada... hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando los aires “renovadores” y el dios automóvil se la llevaron por delante.

Hoy ese espacio vacío es su mayor presencia. Las autoridades locales llevan décadas dándole vueltas a qué hacer con este lugar. Y, mientras dan con la clave, tal vez alguien con no poco criterio haya pensado que, cometida la afrenta, mejor un espacio vacío que otro lleno de intranscendencia...


El Sambre

El panorama cambia por completo cuando echas la mirada a la otra orilla del Sambre. Ahí, el espectáculo es muy diferente del que te ha ofrecido el Mosa. Es otra de las caras de Namur. Tremendamente distinta, pero tan verdadera como la anterior.



El Sambre aparece aquí como un río de andar por casa. En la otra orilla, un conglomerado multicolor de casas apretadas contra el río, que se salvaron a última hora de la destrucción. Hoy tratan de ir recuperando de nuevo su papel en la ciudad. Y, como puedes adivinar, todavía está en ello...

Lo que ves era el Muelle de los Cerveceros (Le Quai des Brasseurs). Aquí, junto al agua, estaban establecidos los cerveceros de la ciudad, y a la derecha, junto al puente, todavía está en pie el edificio del Mercado de la Carne. ¿Lo ves, con sus muchas ventanas y su tejado puntiagudo de pizarra? También junto al agua, para poder verter a ella los despojos del matadero...

Esta vista que tiene un “no se qué” de Mediterráneo... Tal vez Florencia... tal vez Girona...¡quién sabe!...

Ahí, justo al lado de la Casa de la Carne, fíjate en el pequeño puente que une ambas orillas. Te marca el camino A través de él vas a entrar por fin en la ciudad. No vas a hacer una visita larga. Tres paradas y un puñado de calles. Lo suficiente para que puedas terminar de descubrir lo que la verdad esconde.


El Beffroy

El puente te lleva derecho a la Plaza de Armas, el corazón del antiguo Namur... ni tan vieja ni tan nueva como parece... El espléndido edificio que preside la plaza no es mucho más viejo que el de los grandes almacenes que tiene casi al lado, pero siempre habrá que reconocer el buen criterio de quien decidió levantarlo para poner en valor la torre que hay detrás, el Beffroy, que, ésta sí, es muy antigua... y muy principal...



El Beffroy también es conocido como Tour de Saint Jacques (Torre de Santiago), y es la “torre de la ciudad”... Si has estado en Brujas o en Gante sabes muy bien lo que eso significa... 

En todas las ciudades de esta parte del mundo la campana del Beffroy marcaba el ritmo de la ciudad, avisaba de los peligros y anunciaba los acontecimientos. Pero por encima de todo, era el símbolo del poder de la ciudad y de sus libertades. Era “su” torre, y se alzaba orgullosa frente a la torre de los nobles (el castillo) o la de la Iglesia (la catedral).

Sin embargo, ya te habrás dado cuenta de que esta torre es muy diferente a las otras que habrás visto en estas tierras. Más sobria... más achatada...

Y es que en realidad si esta torre hace las veces de Beffroy es más bien fruto de un apaño... A lo largo de la Historia, Namur ha sido bombardeada, incendiada, destruida... y ha tenido que ir reinventándose sobre la marcha...

El Beffroy original estaba en lo alto de la ciudadela, pero fue destruido por los ejércitos del rey de Francia, el Rey Sol, Luis XIV... junto con casi toda la ciudad, en el fatídico año de 1745. Así pues, hubo que buscar un sustituto sobre la marcha.

La torre que ves hoy había sido una de las torres de la antigua muralla de la ciudad... y la verdad es que, a pesar de su vistoso tejado, no puede negar sus orígenes...

Había sido construida 400 años antes, y siempre había sido una torre especial. Era la torre que indicaba la apertura y el cierre de las puertas de la ciudad. Las puertas se cerraban al atardecer y se abrían al alba. Durante la noche nadie podía entrar ni salir de la ciudad.

Así pues, no le resultó difícil asumir su nueva responsabilidad.

¿Te cuento una curiosidad? Mira la parte trasera de la torre. Arriba, cerca del tejado, verás las piezas de hierro a las que están anclados los tirantes que la atraviesan y que dan estabilidad a la base del tejado. 

Pues bien, si te fijas, verás que esas piezas forman una cifra: 1733. Es el año en el que se añadió ese tejado y toda la estructura que soporta las campanas que hay en su interior... Como si hubieran querido dejar constancia de que la torre estaba lista para asumir los más grandes honores... Faltaban 12 años para que el bombardeo lo hiciera necesario...


Las calles del "viejo Namur"

Ahora te toca caminar por el “viejo Namur”. Ésta es una ciudad nacida de las cenizas de la gran destrucción de 1745. Por eso no vas a encontrar aquí las fascinantes edificaciones medievales que hay en otras ciudades del país. Es una ciudad que te genera una cierta inquietud, tal vez porque no acaba de encajar en los esquemas que conoces.

Aquí reina una extraña mezcla entre el dolor y la voluntad de renacer. Una ciudad ocre y negra, con una suntuosidad un tanto romana y la sobriedad propia de las tierras de Las Ardenas que llaman a la puerta. Lo entenderás mejor cuando subas a la ciudadela y la mires desde lo alto...


 


Estas callejuelas son también el discreto testigo que te recuerda las dos rutas del Camino de Santiago que pasan por la ciudad. Una senda de conchas de peregrino mantiene vivo el espíritu del Camino. A través de todo el viejo Namur, desde el gran puente del río Mosa por donde entra la Via Mosana, hasta el humilde puente del Sambre por donde sale la Via Monastica. Ahí están, en el suelo, en las paredes, en las señales, silenciosas, pero siempre presentes, indicando el camino a Compostela. ¿Cuántas serás capaz de encontrar en tu marcha por la ciudad?






 
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