31'  -  EL MERIDIANO MÁGICO DE LAS ARDENAS        


4. NAMUR. Lo que la verdad esconde (II)




Un universo enrevesado de tejados puntiagudos... negra y ocre... Desde lo alto de la ciudadela, Namur se entiende mejor. Se revela como un lugar tan sugerente, que uno preferiría no conocer la historia, para así poder imaginar todas las historias posibles. 

Pero antes de ganarte el derecho de llegar hasta aquí, tu sitio sigue todavía ahí abajo, entre esas calles donde terminaste el capítulo anterior. Ahora fíjate bien en la imagen, porque la misión que debes cumplir transcurre en los dos edificios que sobresalen sobre los tejados. A la derecha la iglesia de Saint Loup, y a la izquierda la Catedral... con las verdades que muestran... y las verdades que ocultan...


Saint Loup

La iglesia de Saint Loup es un pequeño tesoro... y además, esconde una doble... e incluso una triple historia... 

Y es que el bueno de Saint Loup está aquí un poco de prestado. Porque, camuflada bajo este nombre, se esconde lo que en realidad es la espectacular iglesia que en 1645 edificaron los jesuitas en honor a San Ignacio de Loyola. 

Eran los tiempos de su mayor esplendor, y la Compañía de Jesús puso un cuidado empeño en demostrarlo para toda la eternidad.

Pero la Historia tiene sus recovecos... Y en 1773 el Papa suprimió la Compañía de Jesús. Sus bienes fueron expropiados, y uno de ellos era esta iglesia. 

En Namur, las autoridades locales no tardaron en encontrar un nuevo inquilino para el suntuoso edificio. Muy cerca de aquí malvivía medio en ruina la vieja iglesia de Saint Loup, y, como no hay como estar en el sitio adecuado en el momento adecuado, sin comerlo ni beberlo, el santo fue “premiado” con la más nueva y la más lujosa de las moradas... 

Y fue así cómo, desde lo alto del altar mayor,  San Ignacio se convirtió en Saint Loup... Milagros de la Historia...


Un tesoro en el interior

La fachada tiene unos innegables aires romanos... aunque la estrechez de la calle impide que pueda lucir como es debido. Sin embargo, como ocurre en el cuento, aquí la belleza está en el interior.

Un interior espectacular, con mármoles de colores, negros y rosas, y una bóveda de piedra de color claro, completamente labrada, en un fascinante contraste... 

Todo ello rodeado de una luz que entra por sus ventanas y que potencia toda la construcción, hasta hacer innecesaria la iluminación artificial. Gracias a esa luz la bóveda parece casi levitar, como si estuviera a punto de ascender y dejar el techo de la iglesia completamente abierto...

Han pasado ya más de dos siglos desde el cambio de "inquilino", pero la iglesia no ha perdido lo más mínimo de su grandeza. Saint Loup ha resultado ser un inquilino responsable...


Las Flores del Mal

La iglesia esconde además otra pequeña o gran historia. Porque aquí mismo, bajo estos mármoles, comenzó a morir el gran “poeta maldito” francés Charles Baudelaire.

Baudelaire se había quedado fascinado por la iglesia cuando la visitó en 1865. La describió con estas palabras: 

“Maravilla siniestra y galante. Saint Loup difiere de todo lo que he visto de los jesuitas. El interior de un catafalco bordado de negro, de rosa y de plata. (...) Saint Loup es un terrible y delicioso catafalco”. 

... Un terrible y delicioso catafalco... Casi premonitorio... Porque al año siguiente Baudelaire volvió de nuevo a Saint Loup. Fue el 15 de marzo de 1866, y es una fecha que aparece en todas las biografías del poeta. 

Estaba aquí mismo, visitando de nuevo la iglesia, cuando empezó a sentirse mal, sufrió un desmayo y cayó. Había sufrido un derrame cerebral. Padecía la sífilis y el mal empezaba a ganar la batalla. 

Sobrevivió. Pero aquello fue el principio del fin. En los días siguientes parecía que podía recuperarse, pero la esperanza duró poco. La enfermedad fue progresando, primero en Bruselas y luego en París. Aún tuvo tiempo de escribir sus últimos textos, pero poco a poco las cosas se fueron complicando. Se volvió hemipléjico y perdió la capacidad de hablar. Y así, sin apenas poder comunicarse (aunque completamente lúcido) vivió una lenta y degradante cuesta abajo hasta su muerte apenas un año después. 

Esta iglesia, espléndida y desaforada, en la que casi nada es lo que parece, está desde entonces íntimamente ligada al poeta. 

Bajo este "terrible y delicioso catafalco", echa una mirada de soslayo a tu alrededor. Tal vez puedas adivinar la atormentada voz del poeta repitiendo aquellos versos que escribió para la más grande, polémica -y censurada- de sus obras: Las Flores del Mal: 

"Alma curiosa que sufres

Y vas buscando tu paraíso,

¡Apiádate de mi! Si no, ¡yo te maldigo!"

Cuando abandonas esta iglesia, el mundo, de alguna manera, parece un lugar distinto.



Una Catedral que está... donde estuvo la Catedral

Apenas un par de minutos separan Saint Loup de la última de tus paradas: la Catedral de Saint Aubain.

La Catedral de Saint Aubain se alza donde antes se encontraba... la catedral de Saint Aubain... Y además lo hace mirando al lado opuesto... No, no es un acertijo.




Desde poco después del año 1000 aquí había una colegiata, que 500 años después se convirtió en Catedral. 

La iglesia se había ido transformando a lo largo de los siglos, pero aún así no dejaba de ser una construcción pequeña y antigua que no estaba a la altura de sus nuevas funciones ni de la importancia de la ciudad. Además, como estaba orientada hacia el Este, la catedral daba la espalda a la ciudad.

Una gran inundación en 1740 acabó por dar la puntilla. Se decidió derribarla y construir otra a la última moda... de Italia.

El resultado, otro edificio digamos “romano”... al que le sigue costando encajar en la ciudad. La gran plaza que se abre delante estaba destinada a hacerle lucir sus mejores galas, ahora que la fachada ya podía mirar hacia ese lado. Pero en la práctica se alza como un vacío que la aísla del resto de la ciudad. Un vacío, para más “inri”, tomado por los coches que no hacen sino elevar una especia de muralla más o menos real.

Como no podía ser de otra forma en Namur, la catedral tiene varias lecturas. Porque frente a la rotundidad de sus volúmenes exteriores, el interior es otro sorprendente ejercicio de luz y ligereza... y de mensajes más o menos ocultos...

Además, conserva los “espíritus” de otros lugares desaparecidos. Como ese magnífico cristo en marmol del altar mayor, que procede... de la Abadía de Villers-la-Ville...


El Espíritu de Don Juan de Austria

También conserva restos de la antigua catedral. Uno de ellos tiene una curiosa historia: es la placa que rinde recuerdo a Don Juan de Austria, el gran militar español, hijo natural del emperador Carlos V, y protegido por su “hermano” el rey de España Felipe II. 

Don Juan de Austria murió muy cerca de Namur, y fue en su catedral (en la vieja) donde se instaló la capilla ardiente y se le rindió homenaje.

Su cuerpo fue embalsamado y, según se cuenta, su corazón de dejó "para siempre" aquí. El resto de su cuerpo debía partir rumbo a España para ser enterrado con todos los honores... aunque no se presentaba como una tarea sencilla. Porque la comitiva debía atravesar Francia, con quien España estaba en guerra. 

Así pues, se decidió hacer la travesía de incógnito, para lo cual no hubo más remedio que urdir un plan. Se extrajeron el corazón y las vísceras, y el cuerpo se embalsamó... y se cortó en tres trozos. 

Cada una de las partes se embaló cuidadosamente y fue transportada como una mercancía más a lomos de los caballos de unos falsos mercaderes, sin despertar las sospechas de las autoridades francesas.

Luego, al llegar a España, el cuerpo fue cuidadosamente recompuesto, vestido adecuadamente y trasladado solemnemente hasta El Escorial, donde hoy sigue reposando en una sepultura a la altura de su honor.


 


Pero volvamos a la lápida... Fue encargada a modo de cenotafio por su sucesor, Alejandro Farnesio, y se colocó en la viaja catedral... Cuando se construyó la nueva, la lápida se recuperó y se colocó en el lugar más importante del templo. ¿Y el corazón?... ¡quién sabe!...

La placa está en el altar mayor, a la vista de todos, pero prácticamente nadie la ve. Está justo al lado del Cristo que lo preside... a apenas unos centímetros de distancia... pero a su espalda. 

Si te fijas bien verás que, aunque no lo parece, el altar mayor no está realmente pegado a la pared. Detrás hay un pequeño espacio, un minúsculo pasillo que pasa totalmente desapercibido desde la distancia pero que descubres según te acercas al altar. Allí, justo detrás del Cristo, permanece el cenotafio de Don Juan de Austria.


El Sambre y la ciudadela

Cuando salgas de la catedral, sigue las callejuelas que te llevan de nuevo al río Sambre. Ha llegado el momento de subir a la ciudadela y conocer la ciudad desde arriba. Pero antes, cuando llegues al río, sigue sus últimos metros hasta llegar a su desembocadura en el Mosa, a los pies de las casas del Quai des Brasseurs que antes viste desde la otra orilla.

Desde ahí, Le Grognon, el punto en el que comenzaste tu recorrido por la ciudad parece un navío, con la ciudadela detrás, en lo alto, como un puente de mando. Aquí las nieblas no son algo extraño. Si te toca una, el lugar tiene su punto fantasmal.




Una vez cumplido el rito, ahora sí, atraviesa el puente sobre el Sambre e inicia el ascenso a la ciudadela. Puedes hacerlo a pie, a través de una rampa que empieza junto a la orilla del río. Pero si eliges hacerlo en coche, luego no será necesario descender. Podrás continuar el viaje desde lo alto de la fortaleza.

El ascenso te va a mostrar las dos vertientes de Namur, la del Sambre y la del Mosa. La vista sobre el Sambre, te va a permitir descubrir la Namur que has estado visitando.




Intenta reconocer el camino que has hecho. El Beffroy, la iglesia de Saint Loup, la Catedral, el Quai des Brasseurs... Ahora, como en una maqueta gigante...

Es una fascinación ver la ciudad desde aquí. Parece que todas las historias son posibles. Un lugar que habla de intrigas palaciegas, de misterios secretos, de historias de Charles Dickens entre las viajas casas de los muelles que se extienden a tus pies...

Después toca seguir subiendo hasta descubrir la otra cara del risco, el lado que da al río Mosa, imponente a los pies de la fortaleza. Es el primer Namur que conociste... 




Siéntate un banco... o toma un café, sin prisa... Recordando todo lo que has vivido... Luego mira hacia el Mosa y deja que la imaginación te lleve aguas arriba... a los sorprendentes bosques a los que el camino está a punto de llevarte...







 
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