GUÍA DE SEGOVIA 


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1  El alma de Enrique IV




Esta historia tiene una regla previa: antes de comenzarla debes olvidar todo cuanto conoces de Segovia... Por eso tu camino no comienza en ninguno de los lugares en los que piensas, Mejor hacerlo en uno de los rincones secretos de la ciudad: el Monasterio de San Antonio el Real.


El Monasterio pasa completamente desapercibido para la mayor parte de los visitantes que vienen a la ciudad. Así es hoy... y así ha sido a lo largo de los últimos 500 años. Porque, desde que en 1488 la reina Isabel la Católica decidiese instalar aquí una congregación de monjas clarisas, cinco siglos de clausura han hecho que el tiempo haya estado pasando aquí de una forma diferente al resto del mundo.  



Gracias a eso, esta paredes, y sobre todo estos techos, han podido conservar intacto su gran secreto: aquí encuentras el alma -y tal vez el legado- de uno de los grandes personajes de esta historia. 

Enrique IV de Trastámara, el rey que durante 20 años hizo de Segovia la capital real de Castilla... y quien, desde aquí, pudo cambiar el curso de la Historia. Fue una de las personas más vilipendiadas a lo largo de su vida... y lo fue también a lo largo de la posteridad. Era el hermano mayor de la propia reina Isabel... y la persona que tuvo en sus manos impedir que ella reinara... 


Un lugar en el corazón

Esta historia empieza debajo de un cartel: “Monasterio de San Antonio el Real. Siglo XV. Antiguo palacio de Enrique IV. Abierto al turismo”. Un cartel de otro tiempo... Como si se hubiera impregnado de la magia de las paredes que lo soportan. Una pequeña joya en sí mismo...

En 1442 aquí terminaba la ciudad de Segovia. Esto era un pabellón de caza a la puerta de los bosques. Había sido el regalo que había recibido Enrique de manos de su padre, el rey Juan II, al cumplir los 14 años.

Este fue su refugio de juventud. Aquí venía a cazar y a dejar volar la imaginación en fiestas de ambiente moruno por las que sentía fascinación.

Y es que Enrique no era entonces ni fue nunca una persona convencional. Sus partidarios y sus detractores (muchos en ambos lados) trazaron de él un retrato con mil caras que ha llegado vivo hasta hoy: amante de la música y de la belleza, sensual, seducido por el refinamiento oriental... abúlico, depresivo, voluble... enemigo de la guerra y de sus horrores, dialogante hasta la exasperación... débil de carácter, manipulable... impotente...  



Cuando fue coronado rey, se habilitó un palacio en el centro de la ciudad y decidió dar una nueva vida a su refugio de adolescencia. Lo cedió a los Franciscanos para que construyesen aquí su nuevo convento.

Pero no, el rey no estaba abandonando este lugar y sus vivencias. Por el contrario, lo estaba haciendo grande. Aún no había cumplido los 30 años pero aquí estaba preparando el lugar donde quería ser enterrado. Un convento-panteón hecho a su imagen. A la vez sobrio y refinado... racional e imaginativo... en su ciudad y en sus bosques. 

Aquí quedó una parte de su alma. Y aquí también vas a encontrar una parte importante del alma de Segovia.


En el interior de ese mundo

Durante siglos solo las monjas -y algunos “iniciados”- sabían lo que encerraban estas paredes. Hasta que hace 50 años la comunidad se fue haciendo más pequeña y las monjas empezaron a necesitar menos espacio en el convento. Entonces alguien decidió abrir parte de esas estancias “al turismo”. Sin embargo, por alguna extraña razón, el Monasterio continuó siendo un pequeño secreto.

Un nuevo cartel te indica la puerta de entrada. Han bastado unos pasos para que el ruido de los coches se haya difuminado. Sobre la puerta, los escudos del rey te desvelan que no estás entrando a un simple convento...

Abre la puerta y camina hasta casi el altar mayor. Ya rodeado por el silencio, observa su techo de madera. Es un adelanto de lo que te reserva el interior del monasterio.

A la derecha verás una pequeña puerta. Por ahí es donde debes entrar. Probablemente tengas que llamar al timbre para que vengan a abrirte (...en el fondo desearíamos que este convento nunca fuera un lugar transitado. Esta forma de entrar a los lugares mágicos forma parte de la propia experiencia...).


Latidos

El recorrido que vas a hacer no es largo, pero es un viaje, no ya a otro tiempo... tal vez también a otro mundo. El claustro y las dependencias que salen de él: las galerías, la sacristía, el refectorio, la sala de los monjes, la sala capitular... Un pequeño universo cerrado sobre sí mismo.

Ya desde el principio notas algo especial. Y es que esto no es un museo. Es un lugar en el que se ha estado viviendo sin interrupción desde hace más de 500 años. Y ese latido acaba por palparse en el ambiente.

Las galerías que rodean el claustro fueron cerradas hace algunos siglos para proteger a las monjas de las inclemencias del tiempo. El cierre restó algo de vistosidad al claustro, pero en cambio ha obrado el milagro de conservar intactas las dependencias que lo rodean.

Fieles al espíritu franciscano, las paredes y los suelos son austeros (algunos de los enlosados que pisas, por cierto, son los originales de hace más de 500 años). Tan solo la llamada sala de los monjes se permite unos ciertos lujos. Pero la cosa cambia cuando miras hacia arriba. Hacia los techos. Son la joya de este lugar. Unos techos pintados con esmero, la imagen del cielo en este pequeño mundo...


Son una fusión de lo oriental y lo occidental, del islam y el cristianismo. Enrique recurrió a artesanos mudéjares para la construcción del monasterio. Había hecho lo mismo en el gran Alcázar y en su Palacio del centro de la ciudad.

Pero estos tienen hoy algo que los hace únicos. Sus hermanos del Alcázar y del palacio del rey, uno por uno, todos acabaron por ser destruidos. Por el fuego... o por los hombres... Solo estos quedaron intactos. Son los originales. Los mismos que él vio y los mismos que él inspiró.

Los techos son distintos en cada sala. Y en ellos casi nada es casual. La presencia de Enrique es constante pero discreta. Sutil a veces, directa otras. En las paredes y en los techos, los escudos de Castilla se mezclan con los de Portugal (por la reina) y con los escudos de llagas franciscanos (la congregación llamada por Enrique para custodiar su  legado).


En los de las galerías que rodean el claustro las referencias a Enrique IV se cuentan por centenares... pero solo para ojos avisados. Mira con atención. Los interminables entrelazados van configurando estrellas de ocho puntas en cuyo interior hay un hueco y en él, pintada una granada.

No, no es la Granada símbolo de los Reyes Católicos, ni un simple adorno. Es el emblema de Enrique IV. Un símbolo que él llevaba siempre asociado a un lema: “Agridulce es el reinar”... Un lema y una idea que marcarían toda su vida, y que aquí están repetidos cientos, miles de veces en el cielo de su monasterio.

El espíritu del rey

El centro de este universo es el claustro. Y en el centro del claustro, como es de rigor, la fuente de la vida, de la que parten los cuatro caminos que simbolizan los ríos del paraíso.

Sin embargo, un pequeño detalle lo hace especial. Acércate a la fuente. Su vaso, de bronce, es en realidad la mitad superior de una campana puesta boca arriba. Y en su borde, unas letras medievales y unos diminutos escudos. Debes leerlo del revés: “Beati Antoni ora pro rege Enrico” (Beato Antonio reza por el rey Enrique). Un mensaje discreto y un detalle muy sutil en el centro mismo de este universo...


Historias... historias...

No es un secreto que el rey sentía una clara fascinación por las formas del mundo islámico. En el Monasterio, el máximo exponente son los techos, pero tal vez disfrutes encontrando aquí y allá deliciosos guiños a ese mundo. 

En varias partes del monasterio verás también retablos venidos de los antiguos Países Bajos. Bruselas, Brujas, Utrecht... Retablos detallistas hechos con la misma madera con la que se hacían las pipas. No es casual que estén aquí.

Segovia tuvo una estrecha relación con Flandes. Muchos de los lujosos y preciadísimos paños de Flandes que convirtieron a las ciudades flamencas en las más prósperas del mundo en la Edad Media estaban hechos con lana de Segovia... 

Sobre esa industria lanera creó Segovia su prosperidad. Igual que había hecho Brujas en las tierras del Norte. Ambas compartieron mucho a finales de la Edad Media, y la presencia de estas obras aquí da cuenta de ello... Y a ambas les iba a tocar compartir mucho después... 

Porque casi a la par iban a vivir un lento y despiadado declive que las iba a apartar del mundo... pero que tuvo la enorme virtud de protegerlas a ambas por igual del paso del tiempo...

... Y al fin, la sala capitular

El momento culminante de la visita es la sala capitular. No es muy grande... y tal vez por eso es más impactante. Éste es el reino de los números, de los símbolos, de los mensajes mas o menos evidentes... Y obviamente, de la belleza y la sensualidad... 

La sala es cuadrada (4 lados) pero el techo forma un octógono (8 lados). El 4 y el 8. La tierra y el cielo. El techo de madera, dorada con pan de oro, está formado a base a cintas que se entrecruzan formando un dibujo geométrico casi sin fin en el que el 8 es una constante. El número del cielo y también el número que representa el infinito (a fin de cuentas el símbolo que representa el infinito no es sino un 8 puesto en horizontal...). Pero también el 10, el 5, el 9... en un universo de estrellas en el que nada se ha dejado al azar.


Todo un mundo de referencias casi cabalísticas. Es la geometría sagrada, la armonía de las esferas, la música de la composición... Los conocimientos clásicos, cristianos y aún islámicos se entremezclan -o se apoyan mútuamente-. Y si el conjunto seduce, los detalles te van abriendo una y otra interpretación. Cuanto más miras los detalles, más figuras, más mensajes descubres.

Y en medio de ese frenesí, los escudos. El de Castilla y el de Castilla y Portugal unidos. Los has podido ver aquí y allá, en todo el monasterio pero adquieren una significación especial aquí, en este cielo dorado de la sala capitular. 


El legado de Enrique IV

... Y es que ahí, tallado en madera dorada y rodeado de la geometría divina, está, a la vista de todos, el sueño -y tal vez el que pudo ser el legado- de Enrique IV. Castilla y Portugal, dominadoras de los mares, unidas en el gran reino peninsular...

Porque si hubo algo que marcó la vida de Enrique fue la cuestión de su sucesión y del devenir del reino. Intrigas, guerras, pactos, traiciones... su hija Juana o su hermana Isabel... Portugal o Aragón... En otros lugares de Segovia vas a tener ocasión de revivir los momentos culminantes de aquella historia...

La muerte, sin embargo, le sorprendió antes de tiempo y dejó el conflicto sin resolver. Enfermo y decepcionado, se había retirado a descansar a la cercana Madrid. Solo tenía 49 años pero ya no tenía fuerzas para seguir luchando. Murió entre grandes dolores. Probablemente lo habían envenenado

Nunca se supo cuál fue su última voluntad. Juana o Isabel, Portugal o Aragón... Su testamento nunca se encontró... o si se encontró fue cuidadosamente hecho desaparecer...

Lo cierto es que apenas un mes después de su muerte la parte derecha del escudo real ya era distinta. Las armas de Portugal dejaron sitio a las de Aragón y la Historia cambió para siempre.

Enrique fue finalmente enterrado en el Monasterio de Guadalupe, junto a su madre. Y mientras tanto aquí, el Monasterio de San Antonio el Real había quedado a la espera... tal vez olvidado...

Unos años después, Isabel, ejerciendo ya de reina, sustituyó a los franciscanos por una congregación de monjas clarisas. E incluso llegó a dejar escrito en su testamento que si moría en Segovia fuera enterrada en este monasterio mientras llegaba el momento de trasladar su cuerpo a Granada... 

Finalmente no ocurrió. Pero... lo que son las cosas... esas mismas monjas clarisas que ella trajo a este monasterio acabaron siendo, a lo largo de más de cinco siglos de clausura, cariño y silencio, las responsables de mantener este lugar casi como lo había dejado Enrique, convirtiéndose así en las mejores guardianas de aquel legado.


Hoy apenas quedan ocho religiosas. Pero siguen haciendo posible el pequeño milagro de que, 500 años después, tú mismo puedas comenzar esta historia desde dentro de su propio corazón.

Y, ahora sí, sal a la calle y busca uno de los grandes monumentos de Segovia. Seguro que ya eres capaz de verlo con nuevos ojos. El juego puede continuar... 


Continúa:  LLAVE 2.  Una forma de entender la vida

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