GUÍA DE SEGOVIA 


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4  La ciudad de las sensaciones




Segovia es una ciudad de sensaciones... De un universo de deliciosas sensaciones... Sin embargo, los viajeros a menudo se marchan de la ciudad sin haber disfrutado de ellas. ¿El secreto para hacerlo? Bajar el ritmo, abrir los sentidos y aprender a mirar con otros ojos. Antes aprendiste a leer en las paredes. No deberías irte de Segovia sin antes aprender a respirar las sensaciones.


Justo aquí hay un lugar perfecto para empezar a hacerlo. Toma una callejuela estrecha y en curva que sale desde la misma plaza del Conde de Cheste. Se llama Luis Felipe de Peñalosa.  



Un brevísimo trayecto te lleva a la plazuela de Colmenares, un lugar en el que el tiempo, decididamente, pasa de forma diferente.

Poco a poco vas a ir dejando de oír el ruido de los coches. Tal vez escuches los gritos de los chicos de un colegio cercano... o el canto de los pájaros... incluso seguramente el sonido de tus propios pasos... 

La ciudad de alguna forma se ha esfumado y estás en algún lugar al margen del tiempo. Tal vez sea el silencio... o los sonidos que se escuchan... pero aquí se respira algo especial.

Mira a tu alrededor. Prueba a hacer algunas fotos. No busques historia ni monumentos; busca sensaciones. 

Una ventana, una reja, unas sombras, una mancha de humedad en la pared... un simple balón de fútbol que llega rodando sobre la nieve... La historia es diferente cada vez.
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Enfrente, como fundida entre los árboles, otra de las maravillosas iglesias románicas que salpican la ciudad. Es San Juan de los Caballeros, el centro de este mundo. Mostrándose y escondiéndose, va a ser tu referencia en esta parte del camino.. 

Empieza a descubrirla desde la parte de atrás, desde su cabecera. Mira esos ábsides, esos tejados, esas columnas... Tan... humildes... Con la asombrosa naturalidad que da llevar rodeada de esta sensación 800 años...

Tal vez sea esa naturalidad, esa forma que tienen de fundirse con su entorno, lo que hace que estos edificios los empieces a sentir, no como museos, ni siquiera como obras de arte. Sino, casi, como seres vivos.


Dentro y fuera

Habrás visto una especie de mirador. Acércate. Te sorprenderá cuando descubras que es la muralla de la ciudad. Íntima, casi como si no existiera... hasta que te acercas y miras hacia afuera, y la ves sobrevolando el valle del Eresma.

En este punto estás a la vez dentro y fuera de la ciudad. En el interior de las murallas pero con las montañas y los campos casi al alcance de la mano. Y es que aquí las montañas y el valle no son un telón de fondo, sino que se convierten en un elemento más de este propio rincón... 


Y aquí, un pequeño secreto. Acércate al ábside de la iglesia. Verás que hay unos escalones que bajan hasta las mismas piedras. Baja por ellos y sigue el camino. Te llevan a la puerta más recóndita de la ciudad

Sal por ella. Te encontrarás a los pies mismos de las murallas, en la escarpada ladera del valle. ¿Dentro?... ¿Fuera?...


San Juan de los Caballeros

Respira el ambiente y luego deshaz tus pasos. Hay que subir de nuevo a la iglesia. Ahora sí, ya puedes rodearla. San Juan de los Caballeros era el lugar donde los nobles linajes se reunían para tratar de sus asuntos. Incluso se concibió como panteón para los más ilustres. 

La explanada que has recorrido ya existía en la Edad Media. Aquí los nobles realizaban torneos, justas y competencias. Hoy, a la sombra de los árboles o sobre la nieve, los niños de un colegio cercano juegan a dar patadas a una pelota de cuero... como tal vez hayan venido haciendo desde hace siglos...

Observa la torre. En una primera mirada tal vez no te haya llamado la atención ...(el cerebro tiene una limitada capacidad para ver muchas cosas a la vez...), pero los arcos del primer piso son diferentes de los del segundo, incluso en los materiales; observa también en uno de los lados cómo los arcos del primer piso han desaparecido parcialmente. 

Un pequeño caos. Son cicatrices que hablan de su pasado, no siempre placentero, pero que la hacen única.

A principios del siglo XX la iglesia estuvo a punto de desaparecer víctima de la ruina. Pero un particular  le salvó la vida. Fue el ceram

ista Daniel Zuloaga, que la compró y la convirtió en su casa y su taller. Esto supuso algunas alteraciones en su interior, pero fue su salvación... 

Una cicatriz más en este organismo vivo... Hoy es un museo en su recuerdo... y en el de la propia iglesia...

Del otro lado de la iglesia, un jardín y de nuevo, un mirador. De nuevo la muralla. De nuevo casi inexistente por dentro y abrupta por fuera... Un lugar donde -tal vez- reconciliarte con el mundo...

Apura la ocasión porque después, será momento de volver a la iglesia para, ahora sí, salir de este mundo... o casi... Porque, calle arriba, entre palacios medievales, acabas llegando a una nueva plaza, la Plaza de San Agustín, con un mirador desde donde puedes ver... la iglesia de San Juan de los Caballeros... 

Es un último contacto... esta vez desde la distancia, sobresaliendo sobre los tejados y casi fundida con las montañas. Una imagen curiosa... y un recordatorio de que aquí los conceptos dentro y fuera son siempre relativos...



La Plaza de San Agustín

La plaza de San Agustín es, en muchos sentidos, la otra cara de la moneda del mundo que acabas de abandonar. En ella están los restos del convento de San Agustín. Restos porque esta construcción tuvo peor suerte que San Juan de los Caballeros. No tuvo mecenas que lo salvase (a pesar de que el propio Daniel Zuloaga emprendió una activa campaña para ello) y fue derribado hace un siglo, en 1914... La ciudad necesitaba solares. Desapareció todo menos lo que fue la cabecera de la iglesia, cuyo espacio no resultaba útil porque desborda la plaza y hunde sus raíces ladera abajo. Tal vez por eso se salvó y hoy, en ruinas y sin tejados, es un rincón al que volver.




Durante el régimen del general Franco se le quiso dar alguna utilidad y se convirtió en un lugar de homenaje a los muertos de su bando en la Guerra Civil de 1936-39. Sus nombres llenan los muros que siguen en pie. Con la llegada de la democracia a España, se le quiso quitar ese enfoque partidista y, sin modificar lo que había, se añadió un recuerdo al régimen constitucional contra el que se había levantado el general. También se levantó una escultura en homenaje a las víctimas de la guerra.

El resultado es un espacio extraño, mitad homenaje, mitad testigo mudo, profundamente anacrónico y tal vez por eso, profundamente atemporal, como un triste recuerdo a las víctimas de todas las guerras.

La última parte de este recorrido por el Barrio de los Caballeros debes planteártela como un paseo. Sin historias que contar. Simplemente para darte el gusto de disfrutar de estas calles, de estas casas, de estas sensaciones... 




Las plazas de San Facundo y del Conde de Alpuente guardan pequeños jardines en su centro. Son el recuerdo de otras dos iglesias que desaparecieron en aquel tsunami de finales del siglo XIX pero que durante siglos tuvieron el orgullo de ser el centro de su respectivo universo

Si te apetece poner  prueba tus dotes de observación, en esta última plaza puedes encontrar la que fue la puerta de la iglesia de San Román. Hoy sobrevive como puerta de entrada a un edificio del siglo XX.

Ya casi al final de tu camino tienes la ocasión de conocer la otra cara de aquella pequeña calle en curva donde aprendiste a leer en las paredes. Y unos metros más adelante, el final de este recorrido. El punto más alto de la ciudad, en la Plaza del Seminario.


La iglesia de los Jesuitas

El edificio que pone fin a esta etapa no deja de ser singular. Es la iglesia de los Jesuitas. Mírala bien. 

Si te desconcierta o no terminas de entenderla en el mundo que acabas de recorrer es que todo lo que has estado aprendiendo ha hecho su efecto. Porque esta iglesia pertenece a otro tiempo. Esto ya no es un edificio medieval. Es una obra del Renacimiento... Y el Renacimiento tiene una curiosa -y a veces difícil- relación con Segovia.


Es una iglesia hecha “como Dios manda”... o al menos como decían los que mandaban... Racional, austera, de una simetría casi insultante... El espíritu de la Contrarreforma. Nada en ella es casual. Sigue los dictados que se habían establecido en la gran iglesia madre de los Jesuitas, Il Gesu de Roma, pero también fue supervisada por los arquitectos reales que habían hecho El Escorial. Roma y El Escorial diciendo cómo había que hacer las cosas en Segovia... Definitivamente, el mundo había cambiado

El edificio en sí mismo es muy interesante. Pero como vas a ir viendo, hay varios edificios de la misma época repartidos por la ciudad, y casi en todos los casos te quedas con la extraña sensación de que parecen ajenos a la misma, como si no acabasen de encajar en una ciudad en la que las cosas más que ser como deben ser, son... como acaban siendo...

Y justo aquí, como para romper tanta serena sobriedad, en un gesto de teatralidad propio del espíritu de la ciudad,  el Acueducto hace de nuevo su aparición... Justo debajo de tus pies... Es el “Acueducto subterráneo”. Unas pequeñas placas de bronce en el suelo te van indicando el lugar exacto por el que pasa. 

Es parte del juego. Síguelo durante unos metros... Te va a llevar a tu siguiente reto... Y te adelanto que no es fácil...

















Da una oportunidad a la magia...






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