31'  -  EL MERIDIANO MÁGICO DE LAS ARDENAS       


2. ABADÍA DE VILLERS-LA-VILLE (II). Veni, vidi.... flevi"




En una noche de tormenta de 1876 un enorme estruendo rodeó el derrumbamiento de gran parte de las bóvedas de la iglesia de Villers-la-Ville. La ruina lo dominaba todo. La abadía estaba herida de muerte... Pero mientras eso ocurría, algo iba a dar un giro a la situación. Desde hacía algún tiempo habían aparecido por la abadía unos viajeros un tanto especiales que habían quedado fascinados por esas mismas ruinas. Ellos iban a ser su salvación... Uno de aquellos viajeros fue Victor Hugo, el gran escritor francés, que llegó a hacer que estas piedras apareciesen en la más grande de sus obras: Los Miserables.  Un viajero que vino, vio... y lloró... 


Ahora sí, ha llegado el momento. Entra en la iglesia por su puerta principal, a través de la atormentada fachada. Un amasijo casi deforme de piedras que, a fuerza de ruina y destrucción, es pura esencia. 

Hacia arriba, el cielo abierto, y a tu alrededor, los restos de las naves, de sus columnas, de sus bóvedas, surgiendo desde la hierba... Con unas formas más puras que nunca.

La construcción respira el espíritu de la orden del Císter. Una majestuosa sobriedad, sin adornos innecesarios, a la que curiosamente las ruinas hacen más verdad. 


 

Toda la primera parte de la iglesia continúa a cielo abierto. En cambio, la zona del crucero y el ábside conserva algunas de sus bóvedas. El resultado es una visión espectacular de lo que durante siglos fue el espacio más sagrado del lugar. Las enredaderas ocupan el sitio que alguna vez ocuparon las vidrieras. Y las bóvedas que aún quedan en pie se alzan sobre la cabeza, piedras como flotando de forma casi inconcebible, a más de 20 metros de altura...

Las primeras piedras de estos muros se colocaron en 1197, justo 50 años después de que Bernardo de Claraval eligiese el emplazamiento definitivo de la abadía. La construcción duró 86 años. Cuando se terminó, la abadía vivía ya su época de mayor esplendor. Aquí residían 400 personas y la abadía era el recinto donde estaban enterrados varios duques de Bravante.


La ruina...

A lo largo de los siglos, la abadía había tenido épocas mejores y épocas peores, pero siempre había salido de las crisis con fuerzas renovadas. Sin embargo, un acontecimiento iba a cambiar las cosas para siempre: la Revolución Francesa de 1789. 

Siete años después de que la guillotina empezase a hacer de las suyas en París, le llegó el turno a Villers-la-Ville. Las nuevas autoridades revolucionarias confiscaron la abadía y expulsaron a los monjes. El 13 de diciembre de 1796 los monjes salieron de estas piedras para no volver nunca más. Habían pasado 650 años desde aquel lejano día de 1146...

Los terrenos que ocupaba la abadía fueron troceados en lotes y vendidos por separado. La zona principal fue vendida a un hombre de negocios francés que la convirtió en un auténtico almacén de materiales. Los muebles, las cañerías, las vigas, las piedras... Todo lo que podía ser desmantelado fue vendido...

En pleno frenesí, se construyó la carretera por la que has llegado, e incluso se trazó una línea de tren a través del territorio de la abadía... Una línea que todavía hoy existe en funcionamiento, y que pasa a escasos metros de las ventanas del ábside de la iglesia...

Empezó así un largo periodo en el que los edificios fueron saqueados. Entre 1842 y 1884 se sucedieron los derrumbamientos de los tejados de los distintos edificios. El fin era cuestión de poco tiempo... 


... y el renacer...

Pero curiosamente, su condena iba a ser en parte su salvación. Porque la que en algún tiempo había sido todopoderosa abadía se convirtió en un conjunto absolutamente asombroso de ruinas fundidas con la vegetación que acabó por deslumbrar a los viajeros que pasaban por aquí. El Romanticismo estaba en su apogeo y estas ruinas eran su ideal.



Fue así cómo tras la ruina vino el renacer... y nuevos “peregrinos” comenzaron a caminar por este espacio, tan irreal a fuerza de ser tan sumamente real.

Uno de ellos fue Victor Hugo, que ilustra muy bien lo que fue ese descubrimiento. Victor Hugo era un hijo de la Revolución Francesa. Y como tal, era tremendamente crítico con el oscurantismo que habían ejercido los monasterios a lo largo de la Historia. 

Su primera visita a las ruinas le inspiró los sentimientos más turbios, hasta el punto de que hizo aparecer el rincón más lóbrego de la abadía en su obra cumbre, Los Miserables.


Villers-la-Ville... en Los Miserables

Se trata de... los calabozos... Sí, la abadía tenía calabozos... El abad tenía la potestad de juzgar los delitos que se cometían en sus dominios, y por eso la abadía tenía cuatro calabozos. Cuatro lóbregos calabozos que tú mismo puedes visitar y que aparecen así en Los Miserables:


“El autor de este libro ha visto, con sus propios ojos, a ocho leguas de Bruselas, donde todo el mundo puede aún ver, pues están a la mano, señales evidentes de lo que era esa vida en la Edad Media, en la abadía de Villers, la fosa del olvido, (...) cuatro calabozos de piedra, mitad bajo la tierra, mitad bajo el agua. (...)"

"Cada uno de los calabozos conserva un resto de puerta de hierro, una letrina y una claraboya enrejada que por la parte de fuera, está a dos pies sobre el nivel del río, y por dentro, a seis pies por debajo del suelo". 

"Cuatro pies de agua corren exteriormente a lo largo de la pared del calabozo, cuyo suelo está siempre mojado. Esta tierra mojada servía de lecho al habitante in-pace. (...) Eso existe y se puede ver aún y palpar. Esos in-pace, esos calabozos, esos goznes de hierro, esas argollas, esa alta claraboya al nivel de la cual corre el río, esa caja de piedra cerrada con su tapadera de granito como una tumba egipcia, con la diferencia de que aquí el muerto era un viviente, ese suelo que es un verdadero lodazal, ese hoyo que servía de letrina, esas paredes resudando agua, ¡qué declamadores!"


Veni, vidi, flevi

Sin embargo, el hechizo del lugar acabó por hacer su efecto, y lo que había sido odio se transformó en algo... diferente. El escritor visitó las ruinas en varias ocasiones y, en 1862, llegó a vivir tres días en ellas, alojado en el hotel que aún hoy existe, en lo que fue el molino de la abadía. 

... Y volvió a escribir sobre ella. Un texto todavía más apasionado que el anterior... Aunque esta vez muy distinto... Y además, no lo escribió sobre papel, sino sobre las propias paredes de la abadía.  




Indignado contra el "ejército" de visitantes que empezaba a llegar y que grababan sus nombres en las paredes en ruina, Victor Hugo les dedicó este desaforado graffiti: 

“Veni, vidi, flevi (vine, vi, lloré) 

¡Oh fatuos! tontos de nuevo cuño, ¡oh lamentable calaña que paseáis aquí vuestra estúpida ignorancia y vuestra vanidad. Terminad de ultrajar esta admirable ruina babeando vuestros nombres que, como una escoria, mancillan su majestad.

Victor Hugo"

Hoy el graffiti ha desaparecido, pero su presencia ha logrado sobrevivir gracias al recuerdo de unos... y a unas viejas tarjetas postales que dejaron constancia de su existencia...









 
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